Seguro que más de una vez has intentado iniciar sesión en el email o cualquier otra aplicación y… ¡sorpresa! Toca renovar la contraseña para que, según el programa, nuestra cuenta continúe siendo segura. Sin embargo, todo apunta a que esa especie de manía psicótica que nos han infundado por cambiar nuestro password cada 30, 60 o 90 días no es la mejor solución para evitar posibles ataques externos. La respuesta a ello es muy sencilla, y nos la da un estudio realizado en la Universidad de Carleton (Canadá).

Cambiar nuestra contraseña de manera regular apenas ayuda a prevenir que nos roben la cuenta, ya que en vez de buscar nuevas combinaciones de palabras y números, tendemos a cambiar solo determinados caracteres de la que teníamos previamente asignada (por ejemplo, cambiando una mayúscula por una minúscula, o un número por otro). ¿Y quién no ha intentado reutilizar una contraseña que ya había usado anteriormente? Son pequeños trucos que todos hemos hecho alguna que otra vez pero que, a la larga, pueden darnos algún que otro quebradero de cabeza.

¿Cada cuánto tiempo hay que cambiar las contraseñas?

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Nuestra memoria es limitada, razón por la que tendemos a utilizar una palabra comodín para todas las contraseñas y vamos variándola cada vez que hay que cambiar la contraseña. El resultado es sencillo: nuestra clave de seguridad se va convirtiendo, poco a poco, en una contraseña cada vez más débil.

¿Imaginas tener que memorizar cada mes nuevas y complejas claves para el correo, Facebook, Instagram, el banco, Amazon, etc.? Una solución sería apuntar todas ellas en un lugar seguro y a salvo de fisgones. La otra es mucho más sencilla: dedicarle unos minutos a crear una contraseña realmente fuerte -olvídate de nombres de mascotas, de tu pareja o tu fecha de nacimiento- que nos asegure que las posibilidades de que alguien acceda a nuestros datos sean mínimas.